RUTAS SAGRADAS

En la Ley de Origen aprendemos que en este mundo expresado como un espejo de dos realidades que conforman una dualidad complementaria —nunca opuestos—, el cuerpo humano es un espejo de la Madre Tierra, espejo a la vez del cuerpo cósmico. Por tanto, tiene un tejido energético como redes que interrelacionan partes y todo, utilizadas por los chamanes para sus rituales de sanación. 

El cuerpo de la Madre Tierra tiene un tejido semejante, que se articula por las llamadas rutas sagradas, cuyos puntos de intersección de urdimbre y tramas, las puntadas que anudan, son lugares sagrados. Estos lugares operan como portales que interconectan la energía del Mundo de Arriba con el Inframundo, para expandirlas en el Mundo Medio. Este proceso se puede dar naturalmente o ser potenciado por el ser humano sabedor mediante el ritual adecuado. Por ello ciertos lugares sagrados son recreados por el urbanismo y la arquitectura sagrada, templos que permiten el oficiamiento del ritual.

Existen trece rutas principales desde la cabeza Patagonia, pasando por el corazón y el ombligo —Andes Centrales—, hasta la cintura entre Sudamérica y Centroamérica, bajando por la cadera mesoamericana hasta los píes en Norteamérica. Como parte de ellas la dualidad complementaria de las rutas mayores de la creación del Quinto Sol, una entre los Andes centrales, el Salar de Uyuni y el descenso al Pacífico por Atacama (Wiracocha-Tunupa-Tarapacá), con un Taypi o corazón en Tiawanaku, y la otra en Mesoamérica, la ruta de Quetzalcóatl-Kukulkán-Gucumatz, por el Valle Central de México, Oaxaca, Yucatán, el Petén y el territorio maya de la actual Guatemala. 

Ahora estas rutas sagradas se han convertido, para nosotros, en ecosistemas clave para potenciar su sentido y proyección en este momento de nuestra existencia, paso crítico pero necesario entre el Quinto Sol (11 de agosto de 3.113 a.n.e) y el Sexto Sol, que comenzó el 21 de diciembre de 2012. Grandes ciclos creacionales que acompañan a una humanidad por 5.200 años, en cinco ciclos que se compaginan con el proceso de precesión terrestre, 26.000 años en total.